
Esta bien pudo haber sido una entrevista a Charly Garcia.
Escapate hacia adentro...







Menos de mil hinchas, de los que alientan, de los que gritan, si tienen entre $1000 y $4000 pesos para poder asistir, irán. Sino, seguramente la parcialidad española, que tiene un abultado número de entradas a su favor, tan a favor como el tipo de cambio, vendrá y será local fuera de su país. Cómo en las épocas del Virreynato. Esto es así de claro. Así de vergonzoso.
Qué dice a todo esto el organizador del evento, Fernando Marín? "El fervor de nuestros hinchas va a saber suplir la merma de público".
Qué logramos con todo esto? Que la gente no acceda, que la política se meta donde no debe y que jugadores como David, que dan todo, que resignan plata por vestir la camiseta argentina, se sientan molestos y con justa razón.
ESTO NO ES UN NEGOCIO! (Y TE LO MUESTRAN EN LA CARA).
Pienso en Scioli que fue deportista, pero olvido que también es un títere. Ahora entiendo por qué el destino le quitó una mano. Sabía que sería político.
Cuánto asco me dan los K, los Menem, el tibio y cagón de Cobos, todos!!!.
Gustavo Bonino




ANALISIS DEL CUENTO: LA NOCHE BOCA ARRIBA, DE JULIO CORTÁZAR.
Hay autores de la literatura fantástica contemporánea o, para ser más precisos, hay relatos que recurren al “hecho fantástico” como un modus operandi para torcer situaciones ordinarias y llevarlas al plano de lo “irreal” y resolver una historia. Cortázar es uno de ellos. Nos basta un ejemplo para comprobarlo: Autopistas del Sur, por ejemplo, en donde un simple embotellamiento de carros en una autopista francesa se transforma en un caos que llega al límite de lo real, quiebra la barrera y ya pasa del lado de lo fantástico. Carros que están durante días atascados en donde se crea una microsociedad, un pequeño mundo que nace a partir del hecho fantástico.
Pero Cortázar es un autor que no limita su producción literaria solo a transformar un hecho normal en algo fantástico, como lo hizo con: Queremos tanto a Glenda o con Las ménades. Va más allá. Y este es el caso de un cuento muy curioso: La noche boca arriba.
Borges solía recordar, cada vez que podía, el sueño de Chuang Tsu, quien soñó que era una mariposa y al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Chuang Tsu.
En La noche boca arriba, Cortázar recurre a este recurso. La del soñador soñado. La trama cuenta, básicamente, la salida de un muchacho de su trabajo en su motocicleta. Ya es tarde, conduce rápido con una aparente felicidad hasta que atropella a una señora y se accidenta. Cae al pavimento y la moto se le viene encima. A partir de ahí Cortázar utiliza el método del buen cuentista: minimiza/aliviana, con mucha solvencia, la tragedia. El accidentado, que no tiene nombre y este hecho no es casual, llega a una clínica en donde es enyesado y puesto en una habitación junto a otras treinta personas, en condiciones de cuidado.
Es acá, en este punto del cuento, en donde ocurre el hecho que trasciende lo fantástico para ir a lo sobrenatural. El muchacho, rendido de cansancio por todo lo vivido, se duerme y entra en un sueño (al igual que Chuang Tsu). En ese sueño, el protagonista se encuentra tratando de huir de los aztecas. O sea, su sueño se remonta a la civilización azteca, a la cultura prehispánica en Meso America. Inmerso en el sueño, lo que le llama la atención es el olor. Un olor distinto, de otros mundos. Otras épocas. El muchacho, en su sueño, pasa días escondiéndose del enemigo hasta que es capturado y su destino es la muerte. Aquellos hombres lo elevarán a lo más alto de un altar, en medio de fuegos rituales de una ceremonia mortal. Agitado, de despierta. Se da cuenta que todo ha sido un sueño. Un compañero de habitación le explica que seguramente delira a causa de la fiebre, “a mi me pasó”, lo consuela. Ve camas con gente convaleciente a su alrededor, ve una luz violeta tenue que, lentamente, se apaga.
Entonces viene lo maravilloso del cuento, el conflicto central. La luz violeta de la sala se apaga y el muchacho entra nuevamente en su sueño, que se torna real. La angustia de vivir dos realidades sin saber cual de las dos es la cierta. O acaso ambas lo son?.
Apresado y puesto boca arriba (al igual que en la camilla del hospital), preparado para ser sacrificado por los aztecas en medio de fuegos fatuos y coros infernales, el muchacho logra despertar por última vez para verse ya rendido, ya muy cansado como para permanecer ahí, en el hospital. Hace un esfuerzo por no caer en el sueño, por no ir del otro lado de la realidad, como una chaqueta reversible: cuál de los dos lados es el real?.
Ya entrado en el sueño, como indio moteca apresado por los aztecas, se da cuenta que el otro, el muchacho sin nombre, el muchacho del sueño (Chuang Tsu), estaba siendo soñado por la mariposa. Qué él, el chico de la moto no soñaba, sino que fue soñado por el otro, el indio moteca que se dirigía a su inexorable final, con el sacrificador azteca ya cerca de él, en un tiempo remoto. Ese indio apresado, soñó mientras estaba en la antesala de su muerte, que iba por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin humo ni llamas. Iba, en sus sueños, montado en un inmenso insecto de metal bajo su cuerpo, hasta que cayó y quedó tendido boca arriba, con sus ojos cerrados, en medio de todos los fuegos.
Gustavo Bonino






CATARSIS TELEFÓNICA
11:30 PM




MATARÁS A TU ÍDOLO.
La pregunta es simple y directa. ¿Por qué el mundo necesita ídolos?. ¿Qué magia se oculta detrás de esa palabra esdrújula y singular?
Una respuesta válida podría ser: Porque la gente necesita, desde tiempos inmemoriales, creer en alguien. La adoración a los dioses viene años más, años menos, desde el año 3000 A.C. con los Sumerios, tal vez. Este dato es impreciso, como lo es la historia, que es pasado narrado por subjetividades. Probablemente el hombre prehistórico ya adoraba a su ídolo, a quien consideraba superior, una entidad divina. Pero en todo caso, ese "alguien" no pasaba de un monolito o un animal de determinadas características protectoras. (Los Egipcios pre-históricos , por ejemplo).
Depositar nuestra esperanza en alguien que nos va a salvar de "TODO". Palabra ambigua. Abstracta y abarcadora a un tiempo.
Pero vayamos un poco más allá. ¿Por qué necesitamos creer en alguien? ¿Por qué la necesidad de inventar, de construir, de elevar a los ídolos?
El ser humano es pasional. Su instinto lo lleva a querer transgredir y por la imposibilidad mediática de logarlo por medios propios, se lo encarga al ídolo.
Pero también es perverso y no hay sonido que nos guste más que el del ruido de la caída.
¿Qué es un ídolo?
Según la Real Academia viene del latín IDÓLUM. Persona o cosa amada o admirada con exaltación.
Me detengo en esta última palabra: EXALTACIÓN y vuelvo al diccionario.
Exaltación: Gloria que resulta de una acción muy notable. Esto significa que cuando dicha acción cede o es olvidada, muere la razón por la cual adoramos ciegamente al ídolo. La tensión decrece. No nos entretiene más.
Un ídolo -a mi entender- es un elegido en determinado momento cultural, socio-político y/o económico para cubrir cierta necesidad insatisfecha.
Cuando se crea el hueco de la falencia, el hombre, animal inteligente, rellena ese espacio, ese hueco con un ídolo que cumple con las características.
Lo curioso (o no tanto) es que el ídolo pasa de ser una necesidad imperiosa a un ser descartable. Dura mientras dure la necesidad para la cual está designado -intangiblemente- por sus seguidores. Sus fieles. Los mismos que lo sacan del barro, lo suben al trono, le ponen la corona de oro y luego, en un paso fugaz de tiempo, se la arrancan y se la cambian por la de espinas.
Entonces el ídolo, quien en su momento de reinado es "palabra santa", cuando abdica es "palabra prohibida". En otros términos, sube entre algodones a un firmamento ilusorio y baja a garrotazos a la realidad del barro de donde salió.
Casos sobran. Veamos algunos.
Monzón: Hacía tiempo que no teníamos un campeón argentino bien popular. Las luces de Fangio ya estaban apagadas y Reutemann que era un eterno segundo. Un verdadero profesional, pero era -como decirlo- un “tibio”. Hasta que apareció Monzón. Campeón indiscutido del boxeo mundial, con 14 defensas del título. Luego, miserable asesino. Cobarde que le pegaba a las mujeres. Lo más triste es que es cierto. Pero Monzón le pegaba a sus mujeres cuando fue campeón del mundo también. Solo que ahí nadie dijo nada. Necesitábamos un campeón mundial en algo. Lo teníamos. ¿Que podía significar un cachetazo “sin querer” del campeón, al lado de 14 defensas del título?. Nada. Perdonado. Hasta que dejó de boxear y ahí lo bajamos del altar. Y esperamos a que se equivoque para que vuelva a ser noticia. Y lo fue. Hicimos leña de él. Los que se sacaban el hombro del lugar para vitorearlo en el Luna Park y gritarle “dale campeón”, esta vez quedaban afónicos de tanto gritarle “asesino”. Monzón dejaba el boxeo en 1977. Años más tarde terminaría preso y destronado.
Ahí apareció Vilas que lo ganó todo. Pero como el tenis no es tan popular, ni es deporte de masas, seguimos esperando al Mesías. Maradona y el concepto "Dios es Argentino".
Maradona: Pensemos en una Argentina que venía de ganar un campeonato del mundo. En la grandilocuencia que nos caracteriza a los argentinos. Pensemos luego en el fracaso posterior. El mundial del 1982. Ese año en que también perdimos algo que nunca tuvimos. Las Malvinas. "Nadie pierde lo que no tiene" diría Borges. Y salimos a festejar una batalla perdida sin reparar que lo que se perdió fue la conciencia y miles de vidas. 1982, año en donde se gestaba la democracia poco a poco. La gente enardecida, saliendo a la calle hasta que el gobierno De Hecho no aguantó más y negoció.
De 1982 a 1986 apareció Maradona. Desde ese entonces hubo grandes jugadores, pero “El Diez” fue Maradona. Apareció para llenar de magia tanta cosa mal hecha, tanta ausencia, tanto hueco sin tapar. Tanta infelicidad.
Y vino el Mundial 86 y Maradona que nos hizo saltar a todos, a los de Boca que lo amaban, a los de River que lo odiaban. A todos. Fue el embajador argentino en el mundo y hasta Fito Paez le hizo el primero de decenas de himnos que vinieron después.
Pero todo esto ocurrió tan rápido, que nadie reparó que Maradona era un chico sin estudios, de condición humilde. Nadie se dio cuenta, ni el periodismo, ni el merchandising, ni los gobiernos que comieron y respiraron a través de él, que Maradona, el chico de 26 años que subimos hasta lo más alto del altar, no estaba preparado para vivir semejante vértigo. Nadie puede saltar de un catre a una Ferrari sin que el mundo se le desacomode. Seamos honestos. Pero Maradona seguía ganando títulos con el Nápoles y hasta casi nos da otro mundial que le dieron a los alemanes, que también necesitaban una alegría y un encuentro entre ellos, luego de la caída del muro. Como nos dieron el Mundial 78 a nosotros. Maradona no pudo contra eso.
Le dieron el poder y lo tomó. Le dieron la palabra y habló. Dijo verdades que incomodaron. Entonces ya no fue un ídolo. Fue el negrito de Villa Fiorito. Cometió atropellos, cayó en la droga; errores propios del mareo de estar tan alto. Ya no ganó más campeonatos y entonces la gente dejó, poco a poco de rezarle. Ya no es noticia. Ahora mide más rating llevar a lo de Tinelli un lindo culo que llevar a Maradona panzón (Salvo que Maradona se ponga a bailar y caiga en el juego de la mascota divertida). Maradona ya no sirve, salvo para cubrir los huecos vacíos del periodismo.
Nunca pudimos entender que cuando comprás a alguien, lo compras entero. Maradona sin la droga, sin sus declaraciones, es Pelé o Zidane, un respetable Príncipe. No Maradona, el Rey. Sí los reyes también se equivocan y por eso no dejaron de pasar a la historia como tales. Pensemos en Carlos V, en su hijo Felipe el Hermoso, en los Luises pre-revolución francesa. Nunca podremos entender que nosotros le dimos la palabra y lo mareamos para que caiga en la droga. Y hablo en un sentido figurado. Porque no faltará el tarado que diga “Yo no lo obliué a drogarse”. Sí, tarado. Sí lo hiciste, cuando junto a muchos otros millones, tiraste de la soga y lo elevaste hasta el peldaño más alto. Mientras ganara campeonatos, le festejabas todos los abusos y no era un drogadicto. Era un rebelde que puteó a los italianos y te defendió cuando insultaron el himno argentino.
Tenemos ídolos para todos los gustos. En la música a Charly García. Ahora es un “desastre que no sabe nada de música”. Estamos hablando del letrista más prolífico que tuvo la historia de la música de este país. Un niño genio que tocaba a los clásicos en el piano a los seis años. Un tipo que nos dio identidad en la cultura Rock. Pero Charly García es un estúpido que se pinta con aerosol. Está loco. ¿Acaso no lo sabíamos? ¿O nos espantamos recién ahora con sus desmanes?. Somos hipócritas. Nos reímos de una persona de la cuál tenemos guardados todos sus discos y de la que muchos de nosotros está tan lejos (en términos de talento) cómo de las palabras memoria, gratitud, sinceridad. El mismo Charly lo dejó claro en una de sus canciones: "Todo se construye y se destruye tan rápidamente, que no puedo dejar de sonreír... Es parte de la religión, mentir".
Pero no nos sorprendamos. La historia vomita casos: Borges (nos detenemos a pensarlo como un traidor, un arrogante, antes que apreciarlo como a un genio y los que lo tildan de genio, no lo leyeron), Hitler (para el propio pueblo alemán, ídolo y tirano), Galtieri (Cuando tomó Las Malvinas, fue un valiente. Después fue un borracho. Pero la gente no lo quiso ver, prefirió llenar la plaza y gritar desde la cómoda Buenos Aires: Viva la Patria!), Wilde (era homosexual en la época victoriana, importaba más su conducta que su talento) y la lista sigue. Interminable.
Gustavo Bonino
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