LA BELLEZA ESTÁ EN TODOS LADOS

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ES TODO LO QUE TENGO...

viernes, 30 de noviembre de 2007

CUENTO: LA ESCALERA

La escalera

Pasqualino Barone, Lino para los conocidos, nació hace sesenta y ocho años en la comuna de Pola, en su bella Italia. Hoy, en una clínica de la calle Tres Sargentos, está a segundos de morir.
Antes de irse, antes de entrar a aquello que ya vislumbra, mira cuidadosamente el entorno desde su quietud. Escucha su respiración como si sus oídos estuvieran invertidos. Tal vez porque el cuerpo en estas circunstancias filtra la zozobra y la queja ajena. Pero la vista es inevitable. Ve abrazos, pañuelos, un rosario en los enormes dedos de una mujer gorda. Todo le ocurre con mucha dificultad. Apenas si puede girar la cabeza y ve un ramo de rosas amarillas. Piensa en lo ordinarias que son, en que él tendrá, en breve, el mismo destino que ellas. Sonríe tenue, sin mover su cara, bajando con mucha lentitud los párpados, volviéndolos a subir.
Está quieto y tranquilo. La tranquilidad que nos regala –irónicamente- la agonía cuando nos suelta. Su vista lo saca de la habitación, escapa hacia el paisaje que hay detrás de la ventana. Ve un parque con palomas y más allá, edificios. Se detiene en la puerta de entrada de uno.

Lino entra. Sube el primer escalón de la escalera. Lleva un sombrero que le cubre media cara. Sube el segundo escalón de esta escalera silenciosa. Está decidido. Sube otro escalón en ese edificio. Cientos de miles de zapatos ya subieron. Lino alza el pie que lo llevará al quinto escalón. Allá, en el décimo, ve bajar algo. Se sorprende de su forma. ¡Un pavo real con una llave dorada en su pico!. Detrás del pavo, sigilosa, lo sigue una mujer con una venda en los ojos, un vestido de gasa roja y una cuchilla de campo. Lino no repara en la mujer, sino en la llave que lleva animal. La mujer parece no tener consistencia, como una figura de humo. Pero esto no lo extrañó en lo más mínimo.
Lino sube otro escalón, el séptimo. Da el octavo paso. Al entrar en el noveno escalón se le antepone un enorme verdugo encapuchado que viene contando un alto de billetes. De pronto ve al Lino y le dice con fina voz de mujer "Ah, es usted..." y se echa a reír a carcajadas. "Es allá arriba" concluye, haciendo señas con su pesado dedo pulgar hacia una instancia superior e inexistente ahora.
Dispuesto a subir el escalón número diez, siente en sus espaldas una música, una vieja banda descolorida sube por detrás de él a toda prisa. Algunos músicos lo atropellan. Todos llevan puestos vendas en sus ojos. El trompetista se da vuelta y mira inútilmente su reloj y le hace con la mano un gesto de que es tarde o de que se apure.
Al llegar al vigésimo escalón se encuentra con el primer descanso y la primera puerta. Lo detiene el chirrido de un colchón y gemidos de mujer. No se acerca a la puerta, pero de todas formas lo tienta mirar por el cerrojo. Como si el cerrojo hubiese adivinado las ganas dLino, comienza a agrandarse en forma de boca y le traga la cabeza de tal forma, que ésta queda del otro lado de la puerta, dentro de la habitación. Lino ve un gran calidoscopio. En medio de esa gelatina rojiza con destellos azules y verdes hay dos mujeres acostadas entre túnicas color lila, besándose. Reconoce a una de ellas. Ella también lo reconoce y lo invita a pasar. Asustado, intenta apartar su cabeza del cerrojo, como un domador tratando de hacer lo propio de la boca del león. El cerrojo escupe la cabeza dLino y vuelve a su forma y lugar y, una vez que vuelve a ser cerrojo, toma la forma de una boca y comienza a recitar un poema en lunfardo. Lino queda inmóvil escuchando ese poema ya escuchado tantas veces.
Sigue su marcha ascendente. Camina todo el primer descanso y cambia de dirección. Si antes subía en dirección Norte, ahora sube en dirección Este, que comienza con el escalón veintiuno. Detrás suyo, aún más atrás que la puerta que acaba de dejar, oye los pasos de una multitud que sube a toda prisa. Esto lo detiene un instante, ahora continúa.
Sube ya el escalón treinta y dos sin sobresaltos. Se detiene un momento a reflexionar, pero su mente está en blanco. Se sienta. Se da cuenta que puede entender el universo. Por ejemplo, ve la entrada triunfal de Cambises, hijo de Darío, a Egipto. Siente la declinación de un Imperio. Ve a un niño en Texas, tirar un trozo de pan en un callejón de barrio latino. También ve los ojos brillantes de una rata que está al acecho de semejante bocado. Pero aún más, siente el latir de su cuerpecito. Siente la tibieza de su panza. Ve también una persona muriendo de cáncer, sola, en una casa al este de Glasgow. Ve a cuatro estudiantes en la ciudad de Buenos Aires aturdidos, en este mismo momento, por un examen. Siente la sensación de suicidio que se apodera de uno de ellos, ve las gotas de sudor de su frente, se llama Guillermo Pratt y morirá mañana, en su cuarto, a las nueve de la noche, luego de haber rendido mal. Deja carta a los parientes. Ve cientos de miles de huesos en el osario común del cementerio de la Chacarita. Ve galopar a un caballo en la vasta llanura pampeana. Ve a una mujer japonesa masturbarse en el baño de un tren con una foto que tomó con su celular.
A la altura del escalón cuarenta y tres, entra en el segundo descanso y ve, como en el descanso del piso inferior, una puerta. La segunda.
La puerta se abre y sale, detrás de ella, un torrente de agua que lo moja hasta los talones. El torrente se va apaciguando y se descubre detrás de él a un niño que se ríe con todas sus fuerzas. “Ese niño”... piensa. Se sorprende de volver a ver a ese niño. Lino le sonríe al niño que sigue riendo a carcajadas.
Pasar el descanso de la segunda puerta es sinónimo a ascender en dirección sur. Detrás, el ruido de los pasos de una multitud son más intensos - cercanos - que cuando estaba en el escalón veintiuno.
Lino se ayuda ahora con la baranda para subir. Es la primera vez que la toca. La siente fría, húmeda, como si estuviera abrazando el contorno de una serpiente.
Lino se siente en la cuenta regresiva. Esto no puede entenderlo. Justo él que pudo entender tantas cosas ajenas, no puede entender esta circunstancia, que está deliberadamente quitada del sistema que nos sostiene. Le queda un puñado más de escalones, diecinueve, para llegar a su puerta. Diecinueve y no veinte, “caprichos de la matemática”, piensa.
Comienza a sonar un piano. El aire se vuelve más llevadero, los movimientos, todos los movimientos del mundo, él vuelve a percibirlos, ahora en cámara lenta, puede sentirlos a todos. Le es muy fácil percibir cada acto por pequeño que sea. Esto le causa gracia. Juega con esta ventaja. Por ejemplo, ve en el techo cómo una mosca se juega la vida en la pegajosa trampa de la araña, siente los pormenores de la tragedia, los inútiles ruegos de la mosca, sus pedidos de auxilio, sus patas movedizas pegadas a la ineludible trampa. El acercamiento inexorable de la araña.
Se le ocurre pensar que el tiempo, todo el tiempo, tiene un destino ya resuelto y que el azar es - ríe al pensar esto – en todo momento un túnel en permanente estado a transitar, en donde navega el tiempo. Que la explicación radica ahí. No importa que el tiempo navegue dentro del túnel, ya sabemos del túnel.
Faltando diecisiete escalones, siente ya muy cerca los pasos de una multitud. Entra en el escalón dieciséis. Un niño baja a toda velocidad perseguido por un celador que lo corre con un puntero. El celador, un hombre de cabeza con minúsculos rulos colorados, se detiene y reconoce al Lino, siente culpa, pero retoma su carrera detrás del niño que se le escapa.
Faltan trece escalones. Se le anteponen en el doceavo escalón dos gotas que caen de su rostro. Él las ve caer con mucha precisión, observa el cuerpo de ellas, una más grande que la otra, ve a esos dos corpúsculos cayendo lentamente, desprendiendo del cuerpo principal otros pequeños trozos de gota, todos cayendo hacia la superficie plana del escalón.
Cuervos revolotean por las escaleras, desde planta baja hasta donde está él. Van y vienen. Si se pudiese adivinar su estado, se diría que están eufóricos. Locos de contentos, alguno llega a desacomodarle un poco el sombrero.
Faltando apenas diez escalones ve bajar a un hombre más joven que él, también de sombrero de ala, que al querer hablar escupe el sonido de las teclas de una máquina de escribir. Intenta contar algo, pero no puede y se retira muerto de vergüenza.
Cuando ya solo faltan cinco escalones para llegar a su puerta, los cuervos están más excitados que antes, y no faltan los primeros atrevidos y audaces que comienzan a picotearlo en la espalda, en la cara y le desacomodan el sombrero con más intención. Ayudado aún por la fría baranda, Lino se dispone a terminar la escalera. Solo le faltan tres escalones para llegar, tres escalones que cuestan más que todos los ya superados. Faltando tan poco, nota que tiene a sus costados a un hombre y a una mujer. Estos comienzan a empujarlo de un lado a otro, como si en lugar de empujarlo se pasaran una pelota. Al fin se aburren y lo dejan y comienzan a bajar entre gritos y manotazos. Los gritos se confunden con los graznidos de los cuervos. El piano que antes se percibía suave en el aire, ahora se suma a tanto escándalo. Como si un invisible ejecutante, le pegara a las teclas con una emoción desmedida. Lino mira hacia adelante. Está frente a la última puerta. Esto no lo escandaliza. Sube un último escalón y la puerta final comienza abrirse y los pasos de la multitud ya están justo detrás de él y lo empujan dentro.
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Gustavo Bonino
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Por favor, si podés dejá tus comentarios. Me interesan mucho.
Muchas gracias!!!!

2 comentarios:

Daniela K dijo...

waw, me gusto mucho boni, subí todos los escalones con él! fuerte, intenso, me llevó y me hizo sentir curiosidad y vértigo
tiene mucho de cortazar y sábato
besos y seguí que te leo todos los días!
dani k

Anónimo dijo...

Boni, querido brother, soy Charly
¡Que manera de hacerme viajar con esa escalada! ¡Qué imágenes! Es en la subida que aparecen y toman vida... la bajada es más fugaz, insulsa y repentina...
Fuerte... seguí nessa, eu vou