LA BELLEZA ESTÁ EN TODOS LADOS

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martes, 24 de julio de 2012

POR FAVOR, UN PAR DE REMOS







Después de "una hora-reloj" de hablar con el editor del tercer libro, de volverme loco, de estar tan perdido, en el momento en que de su voz ronca dijo "Señor, su novela me gustó, ahora, luego de la última corrección que me alcanzó su amiga, me cierra, lo llamo para decirle que será publicada y además puede pasar a buscar el cheque del adelanto".
Adelanto??, de que hablaba este tipo??. "Del adelanto de la continuidad del libro de cuentos, el tomo dos, no le comentó nada la chica?, además quiero que firmemos el contrato por dos años para hacer una saga"
"Pero si  quiere seguir con mis libros de cuentos. o me saqué la lotería o me llamó un demente. Pero no, era el editor de mal gusto que confiaba en mí. Le he llevado tanto material, que el tipo habrá entrado en la locura, en la locura que un hispano parlante modesto, como es mi caso, pueda arrastrarlo".
Entendí todo, la chica era Ama, estaba más que seguro. Ella tenía una copia del tercer manuscrito del libro de cuentos, cuando me ayudó a corregirlo, además de las llaves de mi departamento.
- Si señor Hayes, le respondí al editor. Cuando le parece que pase y conversamos un poco?
De qué iba a conversar si no sé que carajo había hecho Ama con mi libro. Qué cambios...
- Ok, lo espero mañana a media mañana.
La puta madre, pensé mientras sabía que le había prometido a Al que iría a abrir su negocio y que luego iría a verlo a la Universidad de Pennsilvania, en donde estaba internado, en donde se debatía contra el fin de sus días. Al, tan enérgico, tan buen amigo.
- Ok, señor Hayes, mañana estaré por allí. Buenas tardes.
Y váyase usted y Ama a la puta madre que los parió, pensé.

Corté de tal forma que casi rompo el teléfono.  Freezer, dos hielos, un vaso al que le soplé el polvillo de semanas. Un whisky que había a mano. Calma. Puse Hotel Costes, el primero que editó. Traté de calmar mi cabeza.

Volví a agarrar el teléfono, efectivamente estaba rajado de lado a lado, pero funcionaba perfectamente bien para lo que tenía que decirle a Ama y a todas sus caras.

Quizá Ama sabía mejor que yo lo que había que poner en una hoja en blanco. tal vez ella era la escritora y yo un mediocre soñador.

Gustavo Bonino



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