LA BELLEZA ESTÁ EN TODOS LADOS

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ES TODO LO QUE TENGO...
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sábado, 1 de diciembre de 2012

UN BOXEADOR SIN RESTO.




Luego de la reunión con el editor, cheque en mano para vivir un tiempo, me tomé el primer taxi que pasó para abrir el negocio de Al. Estaba ya la clientela de siempre esperando. Saludé con la cabeza gacha, no quería que me preguntaran por Al, ya bastante dolor me causaba saberlo como para además tener que explicarlo y ser interpelado. Abrí la puerta, di vuelta el cartel que decía CLOSED en rojo y me hizo bien ver el reverso en verde que decía OPEN. Eso era Al, abierto. Un tipo abierto. Un amigo que no quería perder. 

Llegué a casa molido, ya eran las diez de la noche. Luca me recibió con un reto. quería salir a pasear y más aún comer. Ya estaba sin fuerzas. El atender el negocio y luego pasar por el hospital me dejó cansado y alterado a un tiempo. Curioso. Mi cuerpo pedía calma pero irradiaba una alteración digna de un cóctel de ansiolíticos. En lugar de eso, puse un hielo, vodka y jugo de mango en un vaso corto y el cansancio empezó a ganarle la pulseada a mis estados alterados. Le abrí a Luca la puerta del balconcito para que haga sus necesidades y le serví su comida. La culpa iba decayendo y el cansancio ganaba todos los rounds. Hasta que en el último round cuando puse el DVD del concierto de Winston Marsalis y Eric Clapton en el Lincoln Center de NY, sonó la campana y dormí en el sillón. Con hambre, sucio y vestido. 

A la madrugada, luego de sueños muy entreverados, en donde se mezclaban todas las formas de extrañar a Buenos Aires. Es que ya estaba harto de extrañarlo todo. A Gina, a la Patria, a los afectos, a las librerías, a las charlas de café con medialunas. 
Me levanté obligado por un sopor con forma de escopeta que no me dejaba alternativa. Así vestido con la ropa del día anterior salí corriendo del departamento. Corrí, corrí todo lo que pude, tan fuerte como me salió, despatarrado, dando brazadas de ahogado, como un muñeco idiota y descontrolado. Dictámenes de mi cabeza y dentro de ella, Gina capitana, comandando mi vida una vez más, pateando mis pupilas hasta hacerlas estallar en lágrimas. 
Seguí corriendo entre viento mocos y lágrimas hasta el río Hudson. Esa valla inmensa de agua me detuvo. 
Detenido en el tiempo, parado en medio de una costanera vacía y fría, entendí que estaba pasando por otra pesadilla, otro intento trunco por verla, por estar con ella de alguna forma. 
Otro puñetazo al vacío que me dejaba desprotegido para que la vida se encargara de un solo golpe, de tirarme nuevamente a la lona. 



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